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Donnerstag, 31. Mai 2012
LA VIEJA Y EL GARROTE
Por: Maurilio Majía Moreno
Una modesta vieja vivía en un campo solitario y retirado, donde tenía una hermosa huerta en cuyo fondo había plantado una mata de col que, con el correr del tiempo, creció hasta perderse en el infinito azul.
Un buen día, al estar quitándole las malezas que habían crecido en su derredor, miró cuidadosamente a su bella planta. Quiso saber hasta dónde había crecido, y decidióse subir por entre las gruesas ramas de tan alta col y llegó a dar al cielo donde se encontró con Dios.
– ¿A qué has venido, viejecita? –preguntó el Divino Hacedor.
– ¡A conocerte, pues, Dios mío! –contestóle, turbada.
Nuestro Señor le dijo:
–Lleva esta burra. Llegando a la Tierra le vas a decir: “Dame la plata”.
La anciana volvióse muy contenta. Con la ayuda del Altísimo retornó sin novedad. Y, llegando a su casa, cumplió la orden divina, diciéndole al animal:
– “Dame la plata”.
– ¡Shaánn! –orinó la burra un cúmulo de plata.
La viejezuela quedóse muy conplacida con este regalo celestial que para ella era una verdadera felicidad. Pensó, humildemente, convertirse en la única millonaria en el mundo.
Pero, como era muy religiosa, un domingo se fue al pueblo a oir la misa, encargando su animal a una vecina y quien recomendó que no le dijera: “Dame la plata”.
La fisgona señora quiso saber el porqué de tan esmerada recomendación y, aunque tuvo recelo, se atrevió a decirle a la burra: “Dame la plata”.
– ¡Shaánn!, orinó plata el animal.
Sorprendida de tan raro prodigio, la mujer codiciosa, sin pérdida de tiempo, buscó otra asna igual en tamaño y color. Y la cambió.
La anciana volvió a su casa un poco tarde. Y, como del pueblo retornó sin plata, inmediatamente, dijo a su burra:
– “Dame la plata”.
– ¡Huummmm!, la jumenta no le hizo caso.
Desesperada gritó la vieja. Dio mil maldiciones a su vecina. E inmediatamente regresó al cielo por la misma vía. Encontró a Dios y le contó lo que habíale sucedido. El Supremo Creador, sin proferir palabras, le dio una servilleta blanca recomendándole que, al llegar a la Tierra, toda vez que tuviera hambre, le dijera: “Dame la comida”.
La vieja bajó a la Tierra y, llegando a su casa, luego de tender la servilleta en la mesa de comer, dijo:
– “¡Dame la comida!”.
Al instante toda la mesa cubrióse de abundante, rica y variada comida. Era su nueva felicidad sin igual. Pues, desde entonces, tuvo la esperanza de comer bien sin cocinar y sin gastar ni un céntimo. Empero, como era acostumbrada misera, otra vez fue al pueblo encargando su servilleta a la misma vecina a quien recomendó, también, para que no le dijera: “Dame la comida”. Sin embargo, la vecina, ya más habilidosa, dijo a la servilleta:
– “¡Dame la comida!” Y tuvo alimento en abundancia, rica y variada. Inmediatamente buscó otra servilleta igual y la cambió. La dueña, al volver con hambre canina a su casa, rápido tendió su servilleta a la mesa, y dijo:
– “¡Dame la comida!”.
¡Oh, qué sorpresa! Ya no hubo nada. Tuvo cólera. Lloró. Y pensó ir de nuevo ante Dios a rendirle cuentas. Pero Él, esta vez, sin escuchar bien sus quejas, le entregó un garrote, indicándole que al arribar a su casa, le dijera: ¡Dame el garrote! La petulante anciana volvió rezongona. Llegó a asu casa, y dijo al palo:
– “¡Dame el garrote!”.
El misterioso palo se levantó a darle un soberano garrotazo, diciendo:
– ¡Huangán garrote pun! ¡Huangán garrote pun!
La pobre mujer gritaba. El garrote seguía vapuléandola.
– So vieja ingenua, zonza, descuidada. El domingo entrante vas a ir a la misa, pero bien tempranito –le ordenó. Ella lloraba, arrodillada, rogándole que suspendiera los golpes. ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Sí! ¡Sí! Voy a ir –le decía suplicante.
Y, llegado el día, así lo hizo. Pero recomendó más sigilosamente, a su amañada vecina para que no le dijera nada. Pero nada. ¡Cuidado! ¡Cuidadito que le digas algo a este garrote! –le recalcó.
Sin embargo, apenas salió la vieja, la pícara vecina, dijo al palo:
– “¡Dame el garrote!”.
¡Taitito para qué le dijo! El garrote se levantó amenazante y empezó con la batalla, diciendo:
– ¡Huangán garrote pun! ¡Huangán garrote pun! Se caía, se levantaba el bandido... Dale y dale estaba, diciendo:
– ¿Dónde está la burra? ¿Dónde está la servilleta? Canalla, ladrona, sinvergüenza. Devuélvemelos hoy mismo, sino te mato –decíale el garrote justiciero.
La desdichada mujer gritaba desesperada. Pedía mil veces perdón y ofrecía devolverlos. Mas el garrote seguía dándole sin misericordia hasta que ella escapóse corriendo a reunir todo lo que había robado.
Primero entregó la burra, puro hueso y pellejo, sin los dones de dar plata; luego devolvió la servilleta, pero ya raída, sucia, sin las virtudes que poseyó antes.
Más tarde, la vieja ingenua, al regresar de la misa, encontró todos los regalos que trajo del cielo. Pero ¡Qué decepción!, ninguno era útil. Ya no eran como los trajo de las manos de Dios. Lloró la vieja su propia culpa. Se resignó... Y siguió cumpliendo lo que Dios dijo: “Comerás el pan con el sudor de tu rostro”.
(Tomado de “Estampas y Cuentos de mi Tierra”, Tomo I, 1986, Aija-Peru)
Donnerstag, 3. Mai 2012
LEYENDA DE LA VIRGEN DE LAS MERCEDES
Por: Maurilio Mejía Moreno
Por lo común, el origen de muchos santos o santas que ahora son patrones de los pueblos, se pierde en el piélago de los tiempos. Sólo existen leyendas que, de boca en boca y de generación en generación, vienen trasmitiéndose.
Así, por ejemplo, el origen de la Virgen de las Mercedes, Patrona del distrito de La Merced, de la provincia de Aija, se envuelve en leyendas que permítome narrar en estas líneas.
Más o menos, a fines del siglo XVII, en fecha no precisa, dos extraños viajeros, después de sus largas y penosas jornadas con pesado bulto a espaldas, llegaron a descansar a la vera del camino de Kanyaspampa, en el mismo sitio donde se juntan los caminos de La Merced y de Huaraz a Aija, a la hora en que las sombras de los cerros del Occidente llegaban ya a Mallchán con los colores de una tarde otoñal.
Una alta y delgada mujer que venía de Aija se les acercó conversándoles en esta forma:
– ¿Qué imagen es esta?
– La de la Virgen de las Mercedes, mamita –contestaron sorprendidos y huraños.
– ¿De dónde vienen? –volvió a preguntarles la fisgona.
– De Sihuas, mamita –respondieron con rapidez. En Carhuaz hemos dejado otra igual –agregaron apesadumbrados y con manifiesto cansancio de largo viaje.
– ¿Y a dónde van ahora? –les inquirió la curiosa mujer.
– A Coris, mamita –concluyeron los transeúntes a una sola voz.
– ¿Cuánto es la limosna de la Virgencita tan linda? –preguntóles, por última vez, la ingenua mujer. Pero, esta vez, ellos no contestaron la pregunta, más bien dedicáronse a descubrir a la imagen para que la viera. Vio la sencilla mujer y la veneró con frucición mística, con profunda fe cristiana, continuando luego su camino.
Los forasteros quedáronse sentados. Mientras tanto la tarde se acortaba, por lo que, después de mirar los negros y amplios horizontes, dispúsiéronse a continuar el viaje, pero con cierta pigricia. ¡Cuán grande les sería la sorpresa cuando se dieron cuenta de que la Imagen estaba inmovible! Habíase puesto tan pesada que no pudieron alzarla. Asombrados llamaron a la señora que ya estaba por ocultarse por la cumbre de Cuírap. Ella volvió, y, al informarse del maravilloso suceso, dijo:
– ¡Ah!, esta Virgen quiere ir a mi Estancia “El Ingenio” –agregó compadecida de la situación de los viajeros que a esas horas ya no tenían a donde quien llegar, puesto que la noche les caería apenas entrando a Aija.
Miráronse los viajeros, y, agradecidos, aceptaron la gentil propuesta. Alzaron a la Virgen. ¡Oh, qué sorpresa! ¡Ya no pesaba nada!
Los pasajeros caminaron contentos hacia “El Ingenio” en compañía de la amable mujer. En el trayecto iban narrando las hazañas de sus viajes y la vida de la santísima Virgen de las Mercedes.
En “El Ingenio” quedóse la Virgen entronizada como Patrona. De inmediato los naturales le construyeron un pequeño oratorio en la parte occidental del río Pescado, al pie de la casa hacienda de doña Alejandrina Larragán, donde existe aún algunas huellas de los cimientos. En este lugar, en el siglo XVII, comenzaron a rendirle culto cada 25 de setiembre y no el 24, su legítimo día, porque para esta fecha era difícil conseguir sacerdote que fuera a “El Ingenio”, puesto que tenía que celebrar la Misa Oficial de la misma Virgen en Aija, como en la hora actual.
De año en año su festividad se hizo más pomposa y lucida con la fundación de los fuegos artificiales, corridas de toros, etc., que realizábanse en la recientemente delineada Plaza de Armas, lejos de su ermita, y en el lado oriental del río Pescado. Este hecho motivó para que los de una y otra banda del citado río, que cruza a todo el valle mercedino; es decir, los occidentales, dueños de la Virgen, y los orientales, dueños de sus fiestas, entraran en enconadas disputas, y que, cada 25 de setiembre, ebrios de alegría y dueños de su propia fe profunda, se trenzaban en duras y sangrientas peleas campales, cuerpo a cuerpo, con piedras, palos y hondas, en la Plaza de Armas y terminaban en todo el largo del río Ashcu. Esto lo hacían todos los años como ya algo tradicional. Todavía con estas escenas barbarotas la fiesta patronal era buena, y sin ellas, mala.
Por eso, al comenzar el siglo XIX, la Virgen milagrosa, para calmar los ánimos bélicosos de sus siervos, por las noches empezó a salirse de su ermita hacia Kajapampa, que queda en el oriente, en el ángulo formado por los ríos Pescado y Ashcu, más o menos en la parte central de la hondonada del valle mercedino. Ahí amanecía entre las acelgas que habían en un pequeño puquio que existió en el actual Altar Mayor de su glorioso Templo. De esta manera, prácticamente, los de la banda occidental y los de la oriental, empezaron a quitarse a la Virgen. Los primeros, o sean los shupllacnistas, sipcinos y huacninos, devolvían a la Virgen a su sitio, pero Ella siempre repetía sus andanzas nocturnas. Esto sucedió por muchos años hasta que, al fin, los devotos se dieron cuenta de que la Virgen quería ubicarse en medio del valle, en Kajapampa, donde deberían construir su Templo.
Por esta razón, a fines del siglo XIX, complaciendo el deseo de la milagrosa Imagen, y por acabar los líos bochornosos, sus devotos propusiéronse construirle primero una pequeña Capilla en el sitio elegido por Ella misma, o sea en Kajapampa, propiedad de don Domingo Antúnez, quien tuvo que donar su inmueble.
Sólo así se calmaron los ánimos caldeados de los mercedinos de aquellos tiempos. Y, al comenzar el siglo XX, se empeñaron en construirle el actual Templo donde se le venera. Las peleas aminoraron, y hoy se han enterrado, desde 1936, con la presencia de los custodios del orden. En cambio, la fe y el amor a la Bendita Patrona del Distrito, han crecido tanto hasta que, en la actualidad, el culto a la Santísima Virgen de mi pueblo, es mucho más solemne y reviste características propias de una Fiesta Patronal espléndida y la más sonada en las Vertientes de Ancash.
(Tomado de “Estampas y Cuentos de mi Tierra”, Tomo I, 1986, Aija-Peru)
| El autor y la Virgen de las Mercedes |
Por lo común, el origen de muchos santos o santas que ahora son patrones de los pueblos, se pierde en el piélago de los tiempos. Sólo existen leyendas que, de boca en boca y de generación en generación, vienen trasmitiéndose.
Así, por ejemplo, el origen de la Virgen de las Mercedes, Patrona del distrito de La Merced, de la provincia de Aija, se envuelve en leyendas que permítome narrar en estas líneas.
Más o menos, a fines del siglo XVII, en fecha no precisa, dos extraños viajeros, después de sus largas y penosas jornadas con pesado bulto a espaldas, llegaron a descansar a la vera del camino de Kanyaspampa, en el mismo sitio donde se juntan los caminos de La Merced y de Huaraz a Aija, a la hora en que las sombras de los cerros del Occidente llegaban ya a Mallchán con los colores de una tarde otoñal.
Una alta y delgada mujer que venía de Aija se les acercó conversándoles en esta forma:
– ¿Qué imagen es esta?
– La de la Virgen de las Mercedes, mamita –contestaron sorprendidos y huraños.
– ¿De dónde vienen? –volvió a preguntarles la fisgona.
– De Sihuas, mamita –respondieron con rapidez. En Carhuaz hemos dejado otra igual –agregaron apesadumbrados y con manifiesto cansancio de largo viaje.
– ¿Y a dónde van ahora? –les inquirió la curiosa mujer.
– A Coris, mamita –concluyeron los transeúntes a una sola voz.
– ¿Cuánto es la limosna de la Virgencita tan linda? –preguntóles, por última vez, la ingenua mujer. Pero, esta vez, ellos no contestaron la pregunta, más bien dedicáronse a descubrir a la imagen para que la viera. Vio la sencilla mujer y la veneró con frucición mística, con profunda fe cristiana, continuando luego su camino.
Los forasteros quedáronse sentados. Mientras tanto la tarde se acortaba, por lo que, después de mirar los negros y amplios horizontes, dispúsiéronse a continuar el viaje, pero con cierta pigricia. ¡Cuán grande les sería la sorpresa cuando se dieron cuenta de que la Imagen estaba inmovible! Habíase puesto tan pesada que no pudieron alzarla. Asombrados llamaron a la señora que ya estaba por ocultarse por la cumbre de Cuírap. Ella volvió, y, al informarse del maravilloso suceso, dijo:
– ¡Ah!, esta Virgen quiere ir a mi Estancia “El Ingenio” –agregó compadecida de la situación de los viajeros que a esas horas ya no tenían a donde quien llegar, puesto que la noche les caería apenas entrando a Aija.
Miráronse los viajeros, y, agradecidos, aceptaron la gentil propuesta. Alzaron a la Virgen. ¡Oh, qué sorpresa! ¡Ya no pesaba nada!
Los pasajeros caminaron contentos hacia “El Ingenio” en compañía de la amable mujer. En el trayecto iban narrando las hazañas de sus viajes y la vida de la santísima Virgen de las Mercedes.
En “El Ingenio” quedóse la Virgen entronizada como Patrona. De inmediato los naturales le construyeron un pequeño oratorio en la parte occidental del río Pescado, al pie de la casa hacienda de doña Alejandrina Larragán, donde existe aún algunas huellas de los cimientos. En este lugar, en el siglo XVII, comenzaron a rendirle culto cada 25 de setiembre y no el 24, su legítimo día, porque para esta fecha era difícil conseguir sacerdote que fuera a “El Ingenio”, puesto que tenía que celebrar la Misa Oficial de la misma Virgen en Aija, como en la hora actual.
De año en año su festividad se hizo más pomposa y lucida con la fundación de los fuegos artificiales, corridas de toros, etc., que realizábanse en la recientemente delineada Plaza de Armas, lejos de su ermita, y en el lado oriental del río Pescado. Este hecho motivó para que los de una y otra banda del citado río, que cruza a todo el valle mercedino; es decir, los occidentales, dueños de la Virgen, y los orientales, dueños de sus fiestas, entraran en enconadas disputas, y que, cada 25 de setiembre, ebrios de alegría y dueños de su propia fe profunda, se trenzaban en duras y sangrientas peleas campales, cuerpo a cuerpo, con piedras, palos y hondas, en la Plaza de Armas y terminaban en todo el largo del río Ashcu. Esto lo hacían todos los años como ya algo tradicional. Todavía con estas escenas barbarotas la fiesta patronal era buena, y sin ellas, mala.
Por eso, al comenzar el siglo XIX, la Virgen milagrosa, para calmar los ánimos bélicosos de sus siervos, por las noches empezó a salirse de su ermita hacia Kajapampa, que queda en el oriente, en el ángulo formado por los ríos Pescado y Ashcu, más o menos en la parte central de la hondonada del valle mercedino. Ahí amanecía entre las acelgas que habían en un pequeño puquio que existió en el actual Altar Mayor de su glorioso Templo. De esta manera, prácticamente, los de la banda occidental y los de la oriental, empezaron a quitarse a la Virgen. Los primeros, o sean los shupllacnistas, sipcinos y huacninos, devolvían a la Virgen a su sitio, pero Ella siempre repetía sus andanzas nocturnas. Esto sucedió por muchos años hasta que, al fin, los devotos se dieron cuenta de que la Virgen quería ubicarse en medio del valle, en Kajapampa, donde deberían construir su Templo.
Por esta razón, a fines del siglo XIX, complaciendo el deseo de la milagrosa Imagen, y por acabar los líos bochornosos, sus devotos propusiéronse construirle primero una pequeña Capilla en el sitio elegido por Ella misma, o sea en Kajapampa, propiedad de don Domingo Antúnez, quien tuvo que donar su inmueble.
Sólo así se calmaron los ánimos caldeados de los mercedinos de aquellos tiempos. Y, al comenzar el siglo XX, se empeñaron en construirle el actual Templo donde se le venera. Las peleas aminoraron, y hoy se han enterrado, desde 1936, con la presencia de los custodios del orden. En cambio, la fe y el amor a la Bendita Patrona del Distrito, han crecido tanto hasta que, en la actualidad, el culto a la Santísima Virgen de mi pueblo, es mucho más solemne y reviste características propias de una Fiesta Patronal espléndida y la más sonada en las Vertientes de Ancash.
(Tomado de “Estampas y Cuentos de mi Tierra”, Tomo I, 1986, Aija-Peru)
Dienstag, 27. März 2012
ACHIQUÉ
Por: Maurilio Mejía Moreno
En una comarca lejana y solitaria de La Merced vivían dos esposos que tenían dos hijos, siendo mujer la mayor. Época hubo en que esta pobre pareja fue víctima de la hambruna que desatóse, despiadadamente, por toda la comarca, por lo que, un buen día, dejando a sus dos pequeños en casa, salieron de este lugar en busca de víveres.
Después de largos días de triste ausencia volvieron de noche a la casa llevando solamente algunos granos de maíz que, de inmediato, como estaban tan famélicos y casi exánimes pusiéronse a tostar, sigilosamente, para no despertar a sus hijos que dormían agónicos de hambre en uno de los rincones.
Prendida que estuvo la candela, buscaron la callana y el “chaspi” dialogando en voz baja, de esta manera:
– ¿Dónde está la callana? –preguntaba el esposo.
– ¿Dónde está el “cashpi”? –preguntaba la esposa.
El hijo varón entendió estas interrogaciones a pesar de ser callanditas y, al reconocer la voz de sus padres, desde su lecho contestó con trémula y agonizanze voz, diciendo:
– Yo veo la callana y el “chaspi”, mamita.
Los padres juzgaron inoportuna esta intervención, por lo que, impacientes y coléricos, determinaron llenar a los chicos en una “shicra” para llevarlos a arrojar por un inmenso y profundo precipicio. Así lo hicieron. Pero Dios quiso que felizmente la “shicra” se quedara prendida en las espinas de una mata tremenda de “keshke” que había en los laderales del despeñadero inaccesible en donde los hermanitos, de momento en momento, gritaban agónicos pidiendo auxilio. Nadie podía entrar en aquel sitio. Sólo alguna ave podía volar y llegar hasta allí. Y, justamente, esa ave fue el cóndor que, por casualidad, pasaba por allí, oyendo los quejidos clamorosos de los niños que le decían:
– Tío Cóndor... Tío cooondooór... Sáquenos... Salvanoooós...
El gigante rapaz compadecióse de las desdichadas criaturas pues, cogiendo la “shicra” entre sus garras poderosas, sacó hacia una inmensa pampa donde la dejó, y los niños, al patalear libremente en tierra plana, rompieron la “shicra”, liberándose.
En seguida los pequeños fueron andando por el camino que pasaba por la pampa y llegaron a una choza abandonada en la que encontraron, tras del fogón sin candela, algunos granos de maíz y trigo crudos. Quisieron tostarlos, mas no hubo tiesto, ni candela, ni “chaspi”. Y, al momento, vieron a lo lejos el humo que salía de la cueva ófrica. La hermana mandó a su menor a buscar la candela y el tiesto. Este, obediente, se fue corriendo y llegó a la cueva humeante donde halló a una vieja mujer que le dijo llamarse Achiqué, aparentemente buena, caritativa y que, a su vez, dijo ser tía de ellos, y, en consecuencia, les obligó ir a estar con ella en su casa. Agradecidos se recogieron allí los dos hermanitos. En la tarde la vieja les dio de comer los duros “collushtus” hervidos; ellos no pudieron comer nada, aunque el hambre les mataba. En cambio, la vieja comía envidiablemente como a la papa sancochada al extremo. Los niños quedáronse maravillados de la tía de tan raras costumbres. Y, en la noche, para que duerman les dio un solo pellejo chico de carnero. No pudieron dormir. El menorcito lloraba de frío. Entonces la tía dijo que él fuera a dormir con ella, a lo que accedió la hermanita.
Pero a medianoche el chico empezó a quejarse lastimeramente; la chica se dio cuenta que era la voz de su hermanito, y se atrevió, con sumo respeto, preguntó a su tía, diciendo:
– Tía, ¿qué le pasa a mi hermanito?
– ¡Nada! –contestó la vieja con energía y callóse la chica. Sin embargo, el hermanito seguía gimiendo, diciendo esta vez:
– ¡Achachau!... ¡Achachau!
La hermanita otra vez preguntó, en esta forma:
– ¿Qué le hace Ud., tía, a mi hermanito?
– Yo no le hago nada. Sólo los pelos de mi sexo le hincan –le remató con cólera.
Al fin cesó el quejido y la hermana quedóse tranquila creyendo que su hermano y su tía quedábanse dormidos. Pero... pero había sido que a esa hora, con lentitud asombrosa, había terminado de matar a su hermano cortándole el cuello con “sequis”.
Cuando amaneció la chica preguntó por su hermano, y la tía le contestó:
– Tu hermano no es haragán como tú. El ha ido temprano al campo a cazar perdices y palomas. Ya debe estar de vuelta.
Dicho esto dirigióse a su cocina donde tenía una “asuana” en la que hervía algo que la chica ignoraba. Y, como la sobrina preguntaba cada vez más insistente por su hermano, la viejucha pensó que ella fuera a traer agua con una canasta. Aunque, apenada, obedeció la orden yéndose al puquio del que no pudo sacar agua. Padeció mucho. Ingenió ponerle hojas de “chuchokora” a la canasta. También cubrióla con barro. Mas no pudo. Era imposible. Se pasó casi toda la mañana en este afán. Por fin decidióse volver donde la tía a decirle que era imposible llevar agua con la canasta. Entonces, la vieja ordenó que mejor se quedara en la casa a moler ají, mientras ella misma iría al puquio a traer agua. Luego se echó a correr encargando al “wechó” para que le silbara en caso que la sobrina abriese la olla hirviente. ¡Cuidado que no me avises! le dijo al animal, y se fue.
Empero el “wechó” contó a la niña de que en la “asuana” estaba hirviendo el cuerpo de su hermano, le aconsejó, a su vez, para que lo sacara y lo metiera allí el de Bernavita, hija de la vieja Achiqué. Además, le dijo que partiera de viaje llevando el cuerpo cocido de su hermano. La muchacha cumplió todas las órdenes del ave. Se fue cargándolo todo en una lliclla roja, y cuando ya iba a dar vuelta a una cumbre lejana, el “wechó” silbóle a la vieja Achiqué, quien, para esos instantes, estaba peinándose tranquila en la fuente sin haber llenado todavía el agua en su canasta. Y, al oir el silbido del encargado, corrió, desesperadamente, dejándolo todo. Pronto estuvo en su cocina, pero, como la “asuana” estaba hirviendo así como la dejó insultó al “wechó” por “kara chupa” y mentiroso, y se regresó tranquila por el agua.
Trajo el agua, pero al llegar a la casa no encontró a la sobrina; creyó que estaba jugando en el huerto con su Bernavita. Tuvo hambre y empezó a comer el cuerpo de su sobrino que todavía estaba medio crudo. Lo aderezó con el ajicito y comió hasta saciarse. Luego llamó a su hija, diciendo:
– ¡Bernavita! ¡Bernavita! ¡Bernaaa...!
– ¡Mamá! ¡Mamá! –contestó desde el estómago de su madre. La vieja no supo ni qué hacer. Sorprendida se puso de cuclillas queriéndo defecar. Quiso evacuar lo que había comido, porque dióse cuenta que lo comido era su Bernavita.
Estando en este afán vio que la sobrina ya se ocultaba por la cumbre lejana y, desesperada, se echó a correr a vuelo del pájaro.
La niña dio vuelta a la cumbre y encontró a un viejo “añas” a quien le dijo:
– Tío “añas”, escóndeme porque Achiqué me persigue.
El animal contestó:
– Bueno, pues. Ven –y la metió en su escondrijo sentándose en la puerta de éste.
Allí llegó Achiqué preguntando, en esta forma:
– “Auquis añas”, ¿has visto pasar por acá a una chica con lliclla roja?
– ¡No! No la he visto, porque he estado ocupado escarbando en mi huerto –dijo el apestoso animal. La vieja le refutó, diciendo:
– ¿Y qué es lo que está en el hueco?
– Son mis trapos –respondió el “añas”.
– Quiero verlos –exigió Achiqué.
En ese instante el zorrillo lo roció con su orina nauseabunda dejando a la vieja ciega por más de media hora. Mientras tanto la chica huyó llegando donde un zorro que echado estaba en una pampita de una quebrada, y le dijo:
– Tío “atok”, escóndeme que vengo perseguida por Achiqué.
– Ven, hija, ven –le dijo el astuto animal y cuando llegó la escondió entre sus patas. Allí llegó Achiqué y le preguntó así:
– Ladrón “atok”, ¿has visto pasar por aquí a una chica que lleva un atadito en lliclla roja?
– ¡No! –respondió enojado el zorro astuto.
– Pero, ¿qué es lo que tienes entre tus patas? – insistió Achiqué.
– Son mis ponchos –dijo el “atok”.
– Quiero verlos –replicó Achiqué y se acercó chocándose con que todo era trapo. El zorro aprovechó el momento para deshonrar a la vieja dejándola desmayada. Y aprovechando de este momento la chica se escapó y encontró en otra quebrada a un “luicho” hembra a quien, también, le suplicó para que, por favor, le ocultara. El rumiante la escondió dentro de sus patas.
Achiqué se presentó preguntando por la chica, pero el animal contestó que no la había visto.
– Veo que está dentro de tus patas –dijo la vieja.
– ¡No! Son los pañales de mis crías –respondió el “luicho” hembra.
Achiqué se acercó diciendo que quería ver, y el cornúpeta le dio soberanas cornadas hasta que la niña pudo escaparse llegando, esta vez, donde un cóndor que estaba sentado sobre una peña, a quien le rogó porque le escondiera y éste le ocultó entre sus alas soberanas. La bruja Achiqué se presentó preguntando por la chica y el rey de las aves contestó:
– Yo no la he visto porque he estado ocupado tocando mi pincullo.
– ¡No! Está dentro de tus alas, so “kala cunca” cóndor –lo insultó al ave.
– Ven, entonces, búscatela –dijo el viejo cóndor amargado.
Cuando llegó la vieja le dio tremendos aletazos dejándola desvanecida. Entretanto la muchacha logró escaparse y llegó donde un viejo tejedor quien le ordenó que el cadáver de su hermano lo llevaran en una “asuana” recomendándole no abrir cuando pasara el primer cóndor, sino el segundo; pero la chiquilla abrió, equivocadamente, apenas pasó el primer cóndor; pues estaba tan nerviosa debido a que el tejedor habíale dicho que si abriera después del paso del segundo cóndor, hallaría a su hermano tan sano como estuvo. Cuando abrió la muchacha se sorprendió al ver que de la “asuana” salía un “pichis” lanudo. En esas circunstancias se presentó Achiqué migueleando al tejedor para comérselo; pero éste le mandó pasar a la cocina a prender la candela. La bruja entró rápido y del tejedor recibió varias semillas de ají para que, una vez prendida la candela, echara al fogón. En cuanto entró la bruja a la cocina, el dueño cerró la puerta dedicándose reposadamente a tejer en su ruidoso telar. En cambio, la perversa vieja empezaba a gritar a voz en cuello, ahogándose con el humo y con el olor picante de las pepas del ají. Al fin salió de la zorrera y se dio cuenta que no había nadie, ni el tejedor, ni la chica, ni el pichis. Pues la muchacha había fugado cargando al pichicho, y, al ver que la vieja le seguía y ya estaba cerca, subió a una peña e insistentemente llamó a San Pedro pidiendo que le soltara una guasca. Escuchóle San Pedro y le soltó un cordón de oro y la chica empezó a subir al cielo con su perrito a la espalda desapareciéndose en el infinito azul ante la mirada asombrosa de Achiqué.
Entonces, la maldita bruja Achiqué también subió a la peña y gritó:
– “Kala peka” San Pedrooó... Suelta para mí, también, el cordel de oro.
El apóstol le soltó una “shacta” larga y delgada con un pericote al lado. La vieja echando mil venablos subía al cielo. Y el ratón, apenas comenzó a ascender, empezó a roer la pita, y, poco a poco, fue comiendo. la bruja dióse cuenta y gritó:
– “Auquis ucush”, ¿creo que estás comiendo mi soga?
– ¡No, vieja! Yo como mi bizcocho quemado y duro.
– ¡Ah, ya! –dijo la vieja astuta. Pero cuando ya iba a asirse de la puerta del cielo, por donde había entrado sus sobrina, el pericote cortó la soguilla. Para qué, ¡Dios mío! Pues Achiqué se vino al suelo, gritando así:
– ¡A la pampa...! ¡A la pampa...! ¡A la pampa...! ¡Quítense espinas! ¡Quítense piedras! ¡A la pampa...! ¡A la pampa...! ¡A la pampa...! Dándos volteretas maravillosas en el espacio llegó a dar a la punta más filuda de una inmensa peña de la cadena de cerros donde se estrelló reventando como una bomba fantasmal y estruendosa, y su sangre se desparramó por todas las montañas del mundo originando así el eco que hay en todas las rocas de los cerros desde donde nos imita cuando hablamos, cantamos, tosemos, etc.
Mientras tanto la sobrina de Achiqué llegó al cielo y se presentó ante Dios a quien le confesó toda su historia en este mundo. Compadecido, Dios ordenó que a su perrito lo llenara en un baúl de oro y que esperara su orden para abrirlo. La criatura quedóse asombrada y esperó con paciencia contemplando el Paraíso, y cuando Dios dio la orden corrió y luego abrió. Pero, ¡oh, qué sorpresa!
Se dio con que en el baúl de oro su hermano estaba durmiendo elegantemente y al instante se despertó y se levantó tan sano como estuvo en la Tierra. Ambos hermanos se presentaron ante Dios, quien les colocó en la gloria para que allí vivan eternamente felices.
(Tomado de “Estampas y Cuentos de mi Tierra”, Tomo I, 1986, Aija-Peru)
En una comarca lejana y solitaria de La Merced vivían dos esposos que tenían dos hijos, siendo mujer la mayor. Época hubo en que esta pobre pareja fue víctima de la hambruna que desatóse, despiadadamente, por toda la comarca, por lo que, un buen día, dejando a sus dos pequeños en casa, salieron de este lugar en busca de víveres.
Después de largos días de triste ausencia volvieron de noche a la casa llevando solamente algunos granos de maíz que, de inmediato, como estaban tan famélicos y casi exánimes pusiéronse a tostar, sigilosamente, para no despertar a sus hijos que dormían agónicos de hambre en uno de los rincones.
Prendida que estuvo la candela, buscaron la callana y el “chaspi” dialogando en voz baja, de esta manera:
– ¿Dónde está la callana? –preguntaba el esposo.
– ¿Dónde está el “cashpi”? –preguntaba la esposa.
El hijo varón entendió estas interrogaciones a pesar de ser callanditas y, al reconocer la voz de sus padres, desde su lecho contestó con trémula y agonizanze voz, diciendo:
– Yo veo la callana y el “chaspi”, mamita.
Los padres juzgaron inoportuna esta intervención, por lo que, impacientes y coléricos, determinaron llenar a los chicos en una “shicra” para llevarlos a arrojar por un inmenso y profundo precipicio. Así lo hicieron. Pero Dios quiso que felizmente la “shicra” se quedara prendida en las espinas de una mata tremenda de “keshke” que había en los laderales del despeñadero inaccesible en donde los hermanitos, de momento en momento, gritaban agónicos pidiendo auxilio. Nadie podía entrar en aquel sitio. Sólo alguna ave podía volar y llegar hasta allí. Y, justamente, esa ave fue el cóndor que, por casualidad, pasaba por allí, oyendo los quejidos clamorosos de los niños que le decían:
– Tío Cóndor... Tío cooondooór... Sáquenos... Salvanoooós...
El gigante rapaz compadecióse de las desdichadas criaturas pues, cogiendo la “shicra” entre sus garras poderosas, sacó hacia una inmensa pampa donde la dejó, y los niños, al patalear libremente en tierra plana, rompieron la “shicra”, liberándose.
En seguida los pequeños fueron andando por el camino que pasaba por la pampa y llegaron a una choza abandonada en la que encontraron, tras del fogón sin candela, algunos granos de maíz y trigo crudos. Quisieron tostarlos, mas no hubo tiesto, ni candela, ni “chaspi”. Y, al momento, vieron a lo lejos el humo que salía de la cueva ófrica. La hermana mandó a su menor a buscar la candela y el tiesto. Este, obediente, se fue corriendo y llegó a la cueva humeante donde halló a una vieja mujer que le dijo llamarse Achiqué, aparentemente buena, caritativa y que, a su vez, dijo ser tía de ellos, y, en consecuencia, les obligó ir a estar con ella en su casa. Agradecidos se recogieron allí los dos hermanitos. En la tarde la vieja les dio de comer los duros “collushtus” hervidos; ellos no pudieron comer nada, aunque el hambre les mataba. En cambio, la vieja comía envidiablemente como a la papa sancochada al extremo. Los niños quedáronse maravillados de la tía de tan raras costumbres. Y, en la noche, para que duerman les dio un solo pellejo chico de carnero. No pudieron dormir. El menorcito lloraba de frío. Entonces la tía dijo que él fuera a dormir con ella, a lo que accedió la hermanita.
Pero a medianoche el chico empezó a quejarse lastimeramente; la chica se dio cuenta que era la voz de su hermanito, y se atrevió, con sumo respeto, preguntó a su tía, diciendo:
– Tía, ¿qué le pasa a mi hermanito?
– ¡Nada! –contestó la vieja con energía y callóse la chica. Sin embargo, el hermanito seguía gimiendo, diciendo esta vez:
– ¡Achachau!... ¡Achachau!
La hermanita otra vez preguntó, en esta forma:
– ¿Qué le hace Ud., tía, a mi hermanito?
– Yo no le hago nada. Sólo los pelos de mi sexo le hincan –le remató con cólera.
Al fin cesó el quejido y la hermana quedóse tranquila creyendo que su hermano y su tía quedábanse dormidos. Pero... pero había sido que a esa hora, con lentitud asombrosa, había terminado de matar a su hermano cortándole el cuello con “sequis”.
Cuando amaneció la chica preguntó por su hermano, y la tía le contestó:
– Tu hermano no es haragán como tú. El ha ido temprano al campo a cazar perdices y palomas. Ya debe estar de vuelta.
Dicho esto dirigióse a su cocina donde tenía una “asuana” en la que hervía algo que la chica ignoraba. Y, como la sobrina preguntaba cada vez más insistente por su hermano, la viejucha pensó que ella fuera a traer agua con una canasta. Aunque, apenada, obedeció la orden yéndose al puquio del que no pudo sacar agua. Padeció mucho. Ingenió ponerle hojas de “chuchokora” a la canasta. También cubrióla con barro. Mas no pudo. Era imposible. Se pasó casi toda la mañana en este afán. Por fin decidióse volver donde la tía a decirle que era imposible llevar agua con la canasta. Entonces, la vieja ordenó que mejor se quedara en la casa a moler ají, mientras ella misma iría al puquio a traer agua. Luego se echó a correr encargando al “wechó” para que le silbara en caso que la sobrina abriese la olla hirviente. ¡Cuidado que no me avises! le dijo al animal, y se fue.
Empero el “wechó” contó a la niña de que en la “asuana” estaba hirviendo el cuerpo de su hermano, le aconsejó, a su vez, para que lo sacara y lo metiera allí el de Bernavita, hija de la vieja Achiqué. Además, le dijo que partiera de viaje llevando el cuerpo cocido de su hermano. La muchacha cumplió todas las órdenes del ave. Se fue cargándolo todo en una lliclla roja, y cuando ya iba a dar vuelta a una cumbre lejana, el “wechó” silbóle a la vieja Achiqué, quien, para esos instantes, estaba peinándose tranquila en la fuente sin haber llenado todavía el agua en su canasta. Y, al oir el silbido del encargado, corrió, desesperadamente, dejándolo todo. Pronto estuvo en su cocina, pero, como la “asuana” estaba hirviendo así como la dejó insultó al “wechó” por “kara chupa” y mentiroso, y se regresó tranquila por el agua.
Trajo el agua, pero al llegar a la casa no encontró a la sobrina; creyó que estaba jugando en el huerto con su Bernavita. Tuvo hambre y empezó a comer el cuerpo de su sobrino que todavía estaba medio crudo. Lo aderezó con el ajicito y comió hasta saciarse. Luego llamó a su hija, diciendo:
– ¡Bernavita! ¡Bernavita! ¡Bernaaa...!
– ¡Mamá! ¡Mamá! –contestó desde el estómago de su madre. La vieja no supo ni qué hacer. Sorprendida se puso de cuclillas queriéndo defecar. Quiso evacuar lo que había comido, porque dióse cuenta que lo comido era su Bernavita.
Estando en este afán vio que la sobrina ya se ocultaba por la cumbre lejana y, desesperada, se echó a correr a vuelo del pájaro.
La niña dio vuelta a la cumbre y encontró a un viejo “añas” a quien le dijo:
– Tío “añas”, escóndeme porque Achiqué me persigue.
El animal contestó:
– Bueno, pues. Ven –y la metió en su escondrijo sentándose en la puerta de éste.
Allí llegó Achiqué preguntando, en esta forma:
– “Auquis añas”, ¿has visto pasar por acá a una chica con lliclla roja?
– ¡No! No la he visto, porque he estado ocupado escarbando en mi huerto –dijo el apestoso animal. La vieja le refutó, diciendo:
– ¿Y qué es lo que está en el hueco?
– Son mis trapos –respondió el “añas”.
– Quiero verlos –exigió Achiqué.
En ese instante el zorrillo lo roció con su orina nauseabunda dejando a la vieja ciega por más de media hora. Mientras tanto la chica huyó llegando donde un zorro que echado estaba en una pampita de una quebrada, y le dijo:
– Tío “atok”, escóndeme que vengo perseguida por Achiqué.
– Ven, hija, ven –le dijo el astuto animal y cuando llegó la escondió entre sus patas. Allí llegó Achiqué y le preguntó así:
– Ladrón “atok”, ¿has visto pasar por aquí a una chica que lleva un atadito en lliclla roja?
– ¡No! –respondió enojado el zorro astuto.
– Pero, ¿qué es lo que tienes entre tus patas? – insistió Achiqué.
– Son mis ponchos –dijo el “atok”.
– Quiero verlos –replicó Achiqué y se acercó chocándose con que todo era trapo. El zorro aprovechó el momento para deshonrar a la vieja dejándola desmayada. Y aprovechando de este momento la chica se escapó y encontró en otra quebrada a un “luicho” hembra a quien, también, le suplicó para que, por favor, le ocultara. El rumiante la escondió dentro de sus patas.
Achiqué se presentó preguntando por la chica, pero el animal contestó que no la había visto.
– Veo que está dentro de tus patas –dijo la vieja.
– ¡No! Son los pañales de mis crías –respondió el “luicho” hembra.
Achiqué se acercó diciendo que quería ver, y el cornúpeta le dio soberanas cornadas hasta que la niña pudo escaparse llegando, esta vez, donde un cóndor que estaba sentado sobre una peña, a quien le rogó porque le escondiera y éste le ocultó entre sus alas soberanas. La bruja Achiqué se presentó preguntando por la chica y el rey de las aves contestó:
– Yo no la he visto porque he estado ocupado tocando mi pincullo.
– ¡No! Está dentro de tus alas, so “kala cunca” cóndor –lo insultó al ave.
– Ven, entonces, búscatela –dijo el viejo cóndor amargado.
Cuando llegó la vieja le dio tremendos aletazos dejándola desvanecida. Entretanto la muchacha logró escaparse y llegó donde un viejo tejedor quien le ordenó que el cadáver de su hermano lo llevaran en una “asuana” recomendándole no abrir cuando pasara el primer cóndor, sino el segundo; pero la chiquilla abrió, equivocadamente, apenas pasó el primer cóndor; pues estaba tan nerviosa debido a que el tejedor habíale dicho que si abriera después del paso del segundo cóndor, hallaría a su hermano tan sano como estuvo. Cuando abrió la muchacha se sorprendió al ver que de la “asuana” salía un “pichis” lanudo. En esas circunstancias se presentó Achiqué migueleando al tejedor para comérselo; pero éste le mandó pasar a la cocina a prender la candela. La bruja entró rápido y del tejedor recibió varias semillas de ají para que, una vez prendida la candela, echara al fogón. En cuanto entró la bruja a la cocina, el dueño cerró la puerta dedicándose reposadamente a tejer en su ruidoso telar. En cambio, la perversa vieja empezaba a gritar a voz en cuello, ahogándose con el humo y con el olor picante de las pepas del ají. Al fin salió de la zorrera y se dio cuenta que no había nadie, ni el tejedor, ni la chica, ni el pichis. Pues la muchacha había fugado cargando al pichicho, y, al ver que la vieja le seguía y ya estaba cerca, subió a una peña e insistentemente llamó a San Pedro pidiendo que le soltara una guasca. Escuchóle San Pedro y le soltó un cordón de oro y la chica empezó a subir al cielo con su perrito a la espalda desapareciéndose en el infinito azul ante la mirada asombrosa de Achiqué.
Entonces, la maldita bruja Achiqué también subió a la peña y gritó:
– “Kala peka” San Pedrooó... Suelta para mí, también, el cordel de oro.
El apóstol le soltó una “shacta” larga y delgada con un pericote al lado. La vieja echando mil venablos subía al cielo. Y el ratón, apenas comenzó a ascender, empezó a roer la pita, y, poco a poco, fue comiendo. la bruja dióse cuenta y gritó:
– “Auquis ucush”, ¿creo que estás comiendo mi soga?
– ¡No, vieja! Yo como mi bizcocho quemado y duro.
– ¡Ah, ya! –dijo la vieja astuta. Pero cuando ya iba a asirse de la puerta del cielo, por donde había entrado sus sobrina, el pericote cortó la soguilla. Para qué, ¡Dios mío! Pues Achiqué se vino al suelo, gritando así:
– ¡A la pampa...! ¡A la pampa...! ¡A la pampa...! ¡Quítense espinas! ¡Quítense piedras! ¡A la pampa...! ¡A la pampa...! ¡A la pampa...! Dándos volteretas maravillosas en el espacio llegó a dar a la punta más filuda de una inmensa peña de la cadena de cerros donde se estrelló reventando como una bomba fantasmal y estruendosa, y su sangre se desparramó por todas las montañas del mundo originando así el eco que hay en todas las rocas de los cerros desde donde nos imita cuando hablamos, cantamos, tosemos, etc.
Mientras tanto la sobrina de Achiqué llegó al cielo y se presentó ante Dios a quien le confesó toda su historia en este mundo. Compadecido, Dios ordenó que a su perrito lo llenara en un baúl de oro y que esperara su orden para abrirlo. La criatura quedóse asombrada y esperó con paciencia contemplando el Paraíso, y cuando Dios dio la orden corrió y luego abrió. Pero, ¡oh, qué sorpresa!
Se dio con que en el baúl de oro su hermano estaba durmiendo elegantemente y al instante se despertó y se levantó tan sano como estuvo en la Tierra. Ambos hermanos se presentaron ante Dios, quien les colocó en la gloria para que allí vivan eternamente felices.
(Tomado de “Estampas y Cuentos de mi Tierra”, Tomo I, 1986, Aija-Peru)
Mittwoch, 14. März 2012
SEÑORITA GRIPE
Por: Maurilio Mejía Moreno
Fuerte sequía azotaba a La Merced para diciembre de 1919. En las noches veíase el relampagueo de parpadeantes reflejos luminosos seguidos de un retumbo extraño que oíase desde la Cordillera Blanca del Callejón de Huaylas.
Los mercedinos que moraban en las partes altas, mirando al oriente, observaban, frecuentemente, este fenómeno raro que les entristecía en las noches frías y estrelladas. En sus mudas meditaciones suponíanse que aquello era quizás el anuncio de la venida de alguna enfermedad grave o de la triste hambruna. Estas ingenuas conjeturas de los modestos campesinos eran comentadas muy a menudo y empezaron a circular como noticias novedosas y de interés en mi pueblo y en toda la región vertientina de Ancash.
Dentro de poco tiempo súpose que en Recuay, efectivamente, ya había gran mortandad. A La Merced también llegó la noticia de que a Ticapampa había llegado una Señorita española en compañía de un hermoso galgo flaco, ágil y muy ladrador, y portando en las manos una hoja grande de eucalipto. Decíase, entonces, que esta hermosa mujer era la misma figura de la enfermedad, cuya venida habíase anunciado con rarísimos reflejos nocturnales. A esta extraordinaria mujer la llamaron SEÑORITA GRIPE y decíase de ella que había comido el corazón de su madre, porque ésta, a su vez, se lo había comido el corazón de un carnero, novio de la Señorita de atrayente belleza que, por maldiciones de su madre, convirtióse en una enfermedad. En La Merced comentábase de que en Ticapampa habían matado a balazos al galgo de la bella Señorita, cuyo resentimiento motivó para que, desde ese momento, la terrible gripe se propagara, de noche a la mañana, en toda la población ticapampina. Sin dejar una alma. También en Aija se supo de la presencia de la Señorita Gripe, y los aijinos preparáronse para atajarla. Acordaron no recibirla ni darle hospicio. Por eso no fue raro ver ramas de eucaliptos plantadas en las puertas de las casas de la ciudad aijina. Así lo hicieron para impedir la entrada de la Señorita Gripe. Creyeron que el eucalipto era el remedio de esta gripe, porque la Señorita Gripe portaba la hoja de este árbol que no bien aún se cultivaba en Aija. Pero no fue así. Pues la misma noche que plantaron las ramas, los dueños de las casas así adornadas, amanecieron gravemente enfermos sin tener a nadie que les atienda siquiera con una gota de agua. En vista de ello el señor Gobernador, don Demetrio Pajuelo Mejía, pensó detener la propagación de tan peligrosa gripe. Con tal objeto a toda la gente repartió el creso para que regaran sus habitaciones. Pero fue peor. En la ciudad ya nadie andaba. Todo el mundo estaba enfermo, gravemente. Se dice que quedábanse de sopetón como un “tronco”, sin acción, con alta fiebre, con tos rebelde, con hemorragia nasal o bucal.
Cuando en La Merced sabíase ya de este alarmante suceso que causaba miedo y nervios, en el Caserío de Catzok, en el paraje de Querok, apareció la enfermedad. Y, para fines de diciembre, la mortandad en La Merced estuvo en su apogeo. La gente moría a cada hora, luego de resistir sólo un día de gravedad. El viejo panteón de “San Antonio” de Jekana llenóse pronto, ya que los cadáveres llegaban de todos los centros poblados del valle mercedino, de hora en hora, ya en los hombros de sus deudos, ya en “kirmas” de palos atravesados, sin ataúd ni mortaja, simplemente envueltos en sencillas y ásperas bayetas blancas de lana, atados con sogas de cuero de res o con finas pitas de pencas; algunos llegaban en lomos de asnos como cualquier animal muerto, puesto que ya no tenían ni familiares vivos. Diariamente el cementerio estaba lleno de gente como en el Día de Todos los Santos. El entierro lo hacían hasta de noche. Los sepultureros voluntarios, don Gregorio Manrique y Jacinto Antúnez, se encargaban de enterrarlos conforme podían hacerlo. Después que pasó todo, ellos contaban escenas más tristes y cuadros más horribles que habían visto en los entierros nocturnos.
Este castigo gripal de triste recordación en mi pueblo y en toda mi Provincia, duró hasta fines de enero de 1920, aunque ya no con la intensidad que tuvo en diciembre anterior. Muy pocos hombres y mujeres habían resistido la visita mortal de la Señorita Gripe. Muy contadas personas habíanse salvado. Algunas recuperaron la salud con bastante lentitud. La Merced, se dice que quedó casi despoblada. Poco sobrevivientes andaban enlutados todo un año, llorando siempre la desgracia que les había azotado con la consiguiente pérdida de los suyos y dando diferentes y antojadizas interpretaciones a las causas de tan maligna gripe que les visitó después de la Primera Guerra Mundial.
Cuentan que en los carnavales de febrero de 1920, poquísima gente había en mi pueblo. Nadie bailaba. No jugaban. Estaban todos de duelo. Solamente cuentan que el cantor y guitarrista popular de aquellos años, don Pedro Rodríguez, entre lágrimas, cantaba su huayno que hasta hoy se canta, con cierta melancolía, cuya letra es como sigue:
(Tomado de “Estampas y Cuentos de mi Tierra”, Tomo I, 1986, Aija-Peru)
Fuerte sequía azotaba a La Merced para diciembre de 1919. En las noches veíase el relampagueo de parpadeantes reflejos luminosos seguidos de un retumbo extraño que oíase desde la Cordillera Blanca del Callejón de Huaylas.
Los mercedinos que moraban en las partes altas, mirando al oriente, observaban, frecuentemente, este fenómeno raro que les entristecía en las noches frías y estrelladas. En sus mudas meditaciones suponíanse que aquello era quizás el anuncio de la venida de alguna enfermedad grave o de la triste hambruna. Estas ingenuas conjeturas de los modestos campesinos eran comentadas muy a menudo y empezaron a circular como noticias novedosas y de interés en mi pueblo y en toda la región vertientina de Ancash.
Dentro de poco tiempo súpose que en Recuay, efectivamente, ya había gran mortandad. A La Merced también llegó la noticia de que a Ticapampa había llegado una Señorita española en compañía de un hermoso galgo flaco, ágil y muy ladrador, y portando en las manos una hoja grande de eucalipto. Decíase, entonces, que esta hermosa mujer era la misma figura de la enfermedad, cuya venida habíase anunciado con rarísimos reflejos nocturnales. A esta extraordinaria mujer la llamaron SEÑORITA GRIPE y decíase de ella que había comido el corazón de su madre, porque ésta, a su vez, se lo había comido el corazón de un carnero, novio de la Señorita de atrayente belleza que, por maldiciones de su madre, convirtióse en una enfermedad. En La Merced comentábase de que en Ticapampa habían matado a balazos al galgo de la bella Señorita, cuyo resentimiento motivó para que, desde ese momento, la terrible gripe se propagara, de noche a la mañana, en toda la población ticapampina. Sin dejar una alma. También en Aija se supo de la presencia de la Señorita Gripe, y los aijinos preparáronse para atajarla. Acordaron no recibirla ni darle hospicio. Por eso no fue raro ver ramas de eucaliptos plantadas en las puertas de las casas de la ciudad aijina. Así lo hicieron para impedir la entrada de la Señorita Gripe. Creyeron que el eucalipto era el remedio de esta gripe, porque la Señorita Gripe portaba la hoja de este árbol que no bien aún se cultivaba en Aija. Pero no fue así. Pues la misma noche que plantaron las ramas, los dueños de las casas así adornadas, amanecieron gravemente enfermos sin tener a nadie que les atienda siquiera con una gota de agua. En vista de ello el señor Gobernador, don Demetrio Pajuelo Mejía, pensó detener la propagación de tan peligrosa gripe. Con tal objeto a toda la gente repartió el creso para que regaran sus habitaciones. Pero fue peor. En la ciudad ya nadie andaba. Todo el mundo estaba enfermo, gravemente. Se dice que quedábanse de sopetón como un “tronco”, sin acción, con alta fiebre, con tos rebelde, con hemorragia nasal o bucal.
Cuando en La Merced sabíase ya de este alarmante suceso que causaba miedo y nervios, en el Caserío de Catzok, en el paraje de Querok, apareció la enfermedad. Y, para fines de diciembre, la mortandad en La Merced estuvo en su apogeo. La gente moría a cada hora, luego de resistir sólo un día de gravedad. El viejo panteón de “San Antonio” de Jekana llenóse pronto, ya que los cadáveres llegaban de todos los centros poblados del valle mercedino, de hora en hora, ya en los hombros de sus deudos, ya en “kirmas” de palos atravesados, sin ataúd ni mortaja, simplemente envueltos en sencillas y ásperas bayetas blancas de lana, atados con sogas de cuero de res o con finas pitas de pencas; algunos llegaban en lomos de asnos como cualquier animal muerto, puesto que ya no tenían ni familiares vivos. Diariamente el cementerio estaba lleno de gente como en el Día de Todos los Santos. El entierro lo hacían hasta de noche. Los sepultureros voluntarios, don Gregorio Manrique y Jacinto Antúnez, se encargaban de enterrarlos conforme podían hacerlo. Después que pasó todo, ellos contaban escenas más tristes y cuadros más horribles que habían visto en los entierros nocturnos.
Este castigo gripal de triste recordación en mi pueblo y en toda mi Provincia, duró hasta fines de enero de 1920, aunque ya no con la intensidad que tuvo en diciembre anterior. Muy pocos hombres y mujeres habían resistido la visita mortal de la Señorita Gripe. Muy contadas personas habíanse salvado. Algunas recuperaron la salud con bastante lentitud. La Merced, se dice que quedó casi despoblada. Poco sobrevivientes andaban enlutados todo un año, llorando siempre la desgracia que les había azotado con la consiguiente pérdida de los suyos y dando diferentes y antojadizas interpretaciones a las causas de tan maligna gripe que les visitó después de la Primera Guerra Mundial.
Cuentan que en los carnavales de febrero de 1920, poquísima gente había en mi pueblo. Nadie bailaba. No jugaban. Estaban todos de duelo. Solamente cuentan que el cantor y guitarrista popular de aquellos años, don Pedro Rodríguez, entre lágrimas, cantaba su huayno que hasta hoy se canta, con cierta melancolía, cuya letra es como sigue:
Señorita Gripe
shuyaricallame,
haciendallatarak
disponíscamushak;
cuye palomallatarak
despedicamushak.
(Traducción)
Señorita Gripe
espérame,
a mi hacienda todavía
voy a disponerla;
a mi paloma todavía
voy a despedirla.
(Tomado de “Estampas y Cuentos de mi Tierra”, Tomo I, 1986, Aija-Peru)
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